CRÓNICA DE UNA FRACTURA POR ESTRÉS. 02-Nico, tienes el peroné fracturado…

Pues sí, este es el panorama: te has tirado 2 meses entrenando en casa, confinado. Luego otros tantos entrenando con restricciones horarias, siempre pendiente del reloj, preocupado por el tiempo. Te han cancelado todo un año de competiciones: este tenía que ser un año especial, el TOR entre otras… Todo al garete. Pero ¡No pasa nada! Como siempre, decides reinventarte. ¿No hay competiciones? Pues me las invento… No tiras la toalla, sigues con el plan de entrenamiento previsto y montas un reto que hace tiempo tienes pensado (y preparas algunas cosas más para el verano). Y cuando ya casi lo tienes, el un momento en el que te sientes fuerte como un toro ¡Fractura por estrés en peroné derecho! Yo, que en mi vida me he fracturado nada… ¡OUCH!

Como decía el el post anterior «Crónica de una fractura por estrés. 01-Empieza todo.», la primera resonancia magnética, y luego una Gammagrafía, confirmaría tras varias semanas de incertidumbre que, no solo la lesión existía, si no que se trataba de una fractura ósea por estrés…

Pero ¿qué es eso de una fractura por estrés?

El concepto es más difícil de comprender de lo que parece. La explicación corta es: se trata de una fisura en el hueso, provocada por un sobre uso, es decir, por una gran acumulación de impactos, de forma continuada. Si lo entendemos de este modo, lo lógico sería pensar que al fin y al cabo se trata de una lesión «menor» y que el tiempo de recuperación será inferior al de una fractura abierta ¿no? Bueno, pues no. La consolidación ósea en este caso es muy superior a los 40 días que mandan para una rotura… Pudiendo llegar a los 8 meses, en el peor de los casos. Vale… Volvamos a empezar, seguramente te haya pasado como me pasó a mi y ahora mismo no entiendas nada.

Otra vez ¿qué es eso de una fractura por estrés?

A mi entender, y tras haberlo vivido (de hecho el tras sobra, porqué a día de hoy aún lo estoy viviendo), una fractura por estrés es una lesión que, como muchas otras, viene ocasionada por una cúmulo de cosas y no solo por un acontecimiento concreto. Como veremos, ésto es lo que lo complica todo.

Vamos a poner mi caso (y mis suposiciones, y las de mi traumatologo – del que hablaremos más adelante – ) como ejemplo, y de nuevo, para facilitar la lectura, lo haremos a modo de lista:

1- Padezco una lesión en la parte interior del pie derecho. Este hecho cambia durante un período de tiempo importante, mi manera de apoyar el pie. Es de lógica: trato de defender el astrágalo, así que modifico mi pisada, pronadora por naturaleza, teniendo más a la supinación. Tengamos en cuenta que el supinador tiene una pisada más dura, menos amortiguada, y que el impacto extra que no disipa el arco plantar, se la comen la tibia y, en menor medida, el peroné (que es un hueso que juega un papel más en el equilibrio que en el apoyo).

2- Cambio mis zapatillas a unas que tienen una amortiguación mucho mayor pero, a la vez, una menor estabilidad. Yo no soy un corredor de pisada estable (mis meniscos en la rodilla derecha pasaron a mejor vida, y estoy operado de Ligamento Cruzado Anterior -LCA- habiendo estado 2 años completos con muletas, a causa de complicaciones que no comentaré ahora). Mi pierna derecha es ligeramente más corta, y en consecuencia de todos estos factores he generado una serie de compensaciones que, si bien resultan bastante efectivas (al fin y al cabo, sigo corriendo), hablando en plata, soy mas torpe que un Pingüino (jejeje). Resultado: piso más confiado, sin preocuparme tanto en el impacto, pero con una zancada inestable, que me provoca muchas micro torceduras.

3- 2 meses de confinamiento, sin poder caminar prácticamente, eso quieras o no, pasa factura.

4- Una mejora bastante rápida en mi forma física hace que, en el transcurso de un mes y medio mis ritmos de carrera aumenten notablemente, lo cual hace que el impacto sea más severo. Al mismo tiempo el volumen de entrenamiento aumenta, progresivamente.

¿Que suman 1+2+3+4? Lo siguiente:

  • A nivel muscular, un claro agotamiento del peroneo, que se ve sometido a una gran presión a la vez que padece micro roturas debidas a las torceduras contantes del tobillo (que no llegan a ser graves gracias al trabajo específico de fuerza que Octavio me manda realizar, semana a semana). Esto provoca un efecto que yo ni imaginaba: el esqueleto no aguanta nuestro peso, de hecho los huesos no soportan (o no deberían soportar) la carga de estrés derivada de la actividad física, para eso está la musculatura. Pero si esta falla y, por así decirlo, se rinde y le pasa el testigo al hueso, éste empieza a padecer un estrés para el que no está preparado (por eso, entre otras cosas, el trabajo de fuerza y propio evita lesiones).
  • A nivel óseo, el peroné, se ve sometido a una misma presión, muy concreta, con una palanca efectuada casi siempre en el mismo sitio y con la misma cadencia e impacto; es como una huella dactilar y viene dado por nuestra biomecánica. Nuestra postura de la espalda, la cadera, de la pierna, el pie… No es una fuerza suficiente como para poder romper el hueso, que si está sano es capaz de aguantar, pero sí de fracturarlo de forma parcial. Usando el ejemplo de Iñaki Díez (mi osteopata): imagínate una lámina de plexiglas. La vas flexionando, una y otra vez. Al principio bien, pero llega un momento en el que aparecen una pequeñas grietas justo el em punto donde el material sufre mayor estrés… Igual pasa con el hueso.
  • ¿Y porqué no se cura como una rotura? Bien… Imaginemos que te caes encima de tu brazo derecho, sobre una piedra, y te partes el radio. Ok, pues te lo colocan en su sitio, y si es una rotura limpia, lo inmovilizamos y esperamos a que el cuerpo haga su magia. Durante el tiempo de recuperación ni lo mueves, ni levantas peso con él… Se solda y al terminar el proceso, a menos de que te vuelvas a tirar sobre esa piedra en la misma postura expresamente, no te volverá a pasar. La fractura por estrés en cambio viene dada por algo que tu haces en tu día a día, y que en principio solo puedes evitar en parte.

Total, como ya comentaba en el post anterior, lo único que se puede hacer en estos casos es dejar de correr, magnetoterapia para acelerar un poco el proceso, tomar calcio y vitamina D… Y tener mucha paciencia. Otros tratamientos, como el láser, o los contrastes frío/calor, por ejemplo, pueden ayudar al estimular la circulación sanguínea y activar así el proceso de curación.

A nivel de sensaciones:

en esta segunda etapa, desde la resonancia magnética hasta la segunda, paso por dos etapas a nivel de sensaciones.

ETAPA1: tengo dolor al tacto, pero no tanto como al principio. Me cuesta más encontrar el punto de dolor, y para que me duela tengo que ejercer más presión. Sin embargo, allí está. Al caminar noto una molestia, algo muy similar a una sobrecarga. La sensación empieza justo por encima del maléolo exterior (el bulto del tobillo, para entendernos) pero se irradia pierna arriba, siguiendo el recorrido del peroné (por ese motivo, al principio creímos que era una sobrecarga del peroneo).

ETAPA2: con el paso de los días el dolor se convierte en molestia, solo al caminar, y no siempre. Al tacto ya no duele. La molestia es difícil de explicar, como un escozor que, a veces, parece que sea algo de la piel. Además, y esto es nuevo (ocurre de un día para el otro) al masajear el tobillo me dan calambres, como cuando se te duerme una mano o un pie, y el cosquilleo dura durante algunos minutos (no es doloroso).

Durante toda esta segunda etapa de la lesión, que dura algo más de 5 semanas, no corro en absoluto, solo entreno en bici, tanto rodillo como MTB, además de ejercicios de fuerza sin impacto (principalmente con gomas, trx y ejercicios con el propio peso corporal – que ahora si los llamas «calistenia» quedas más molón y moderno jajajja-.

Unas 5 semanas y media más tare volvería a hacerme una resonancia magnética: pero hablaremos de los resultados y la visita con el trauma deportivo en el próximo post 😉

EMPIEZA TODO <- CAPÍTULO 1 | Capítulo 3 -> Pasan las semanas, pero no avanzamos… ¿O sí?

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